La historia detrás de la primera victoria de Rocky en los Oscar estuvo marcada por una sensación muy distinta a la que podría imaginarse. Sylvester Stallone, protagonista y guionista de la película, había conseguido convertir una historia aparentemente sencilla sobre un boxeador desconocido en un fenómeno cinematográfico. Sin embargo, durante la ceremonia de los Premios de la Academia de 1977, el actor no vivió el momento con la euforia que cabría esperar. La enorme presión de estar en el centro de atención hizo que quisiera prácticamente desaparecer del escenario y “hundirse en el asiento”, según ha contado posteriormente.
El éxito de Rocky había sido especialmente significativo para Stallone porque el proyecto estaba profundamente ligado a su propia historia personal. Cuando escribió el guion, se encontraba en una etapa profesional complicada y se negó a venderlo sin conservar la posibilidad de interpretar a Rocky Balboa. La película terminó convirtiéndose en un fenómeno internacional y recibió diez nominaciones al Oscar, de las cuales ganó tres: Mejor Película, Mejor Director para John G. Avildsen y Mejor Montaje. Stallone, pese a ser nominado como Mejor Actor y Mejor Guion Original, no consiguió llevarse ninguna de esas dos estatuillas.
Precisamente esa mezcla de orgullo, presión y decepción explica la particular reacción del actor aquella noche. Rocky terminó siendo la película que definió su carrera y convirtió al personaje en uno de los grandes iconos del cine estadounidense, pero Stallone tuvo que experimentar el reconocimiento desde una posición emocionalmente compleja. Con el paso del tiempo, aquella ceremonia adquirió un significado todavía mayor: la película que había nacido de su propia perseverancia terminó ganando el máximo reconocimiento de Hollywood, mientras él quedaba fuera de las categorías individuales. La paradoja convirtió aquella noche de 1977 en uno de los episodios más curiosos de la historia de los Oscar.